La vida

Natalia crece.
La vida que surgió a través nuestro
se separa de nosotros.

Quiero abrazarla,
retenerla,
atraparla.

Quiero parar el tiempo.

No puedo.
Nadie puede.

Está escrito.

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Había volado

Diez días completos.

Diez días completos con sus noches

y sus sueños.

 

Había volado,

con su hija

a veces,

a veces

solo.

 

Había estado en un  pueblo pesquero,

en el Gran Cañón,

en un recital de piano y

en un funeral.

 

Había volado,

sin duda

había volado.

 

Pero ahora tocaba pisar tierra firme.

 

Se fue a la ducha.

 

En el dormitorio le esperaba

un disfraz

con corbata.

Aprender a volar

—Papá, ¿me enseñarás a volar cuando sea mayor?— pregunta Natalia en relación a un cuento que le estoy leyendo antes de dormir.

—Claro—le contesto, —cuando seas mayor nos montaremos en un avión y volaremos.

—Pero, papá…yo quiero volar como el hombre del cuento.

—Te lo prometo, te enseñaré a volar.

Y nos dormimos pensando en pájaros de colores —a mí me gustan todos, papá— y en hombres que aprenden a volar o que recuerdan cómo se hace.

Recuerdos de una mañana de invierno

Así empezó. Empezó, Folco, con esa sensación de libertad infinita que deseo a todo hombre o mujer del mundo.

Tiziano Terzani

Serían las doce del mediodía de un día soleado de invierno. Me encontraba en el despacho de mi jefe, preparando una reunión que teníamos un día después. El despacho da a una terraza de unos diez metros desde donde hay una vista espectacular del Aljarafe. En un descanso, un compañero me preguntó si sabía el nombre de un pájaro negro que estaba posado sobre una maceta. —Están por todas partes y tengo curiosidad— me dijo. Miré por la ventana y lo vi. Un pájaro negro, del color de mi traje, con un pico rojo ni grande ni pequeño. —No tengo ni idea— contesté.

¿Qué más daba? Sentí envidia del pájaro, mucha envidia. El pájaro estaba disfrutando de una mañana cojonuda al aire libre y ahí estaba yo, enchaquetado y encerrado, preparando una estrategia de negociación que probablemente mi jefe cambiaría de arriba abajo minutos más tarde. El pájaro, Pájaro, era libre, podía salir volando en cualquier momento y seguir disfrutando de ese impresionante día de invierno. Y lo hizo; desplegó sus alas y se alejó lentamente, sin prisa, con elegancia.

Yo me quedé en el despacho discutiendo cosas de hombres y deseando que a mi traje le crecieran un par de alas para poder acompañarle. No sucedió.

Cinco minutos después mi jefe cambió la estrategia de negociación. Sucedió hace casi un año. No recuerdo qué íbamos a negociar. A Pájaro lo recuerdo perfectamente.