El teatro de las sombras

Estoy en el patio. Empujo el carrito de Jaime intentando que se duerma. Damos vueltas y más vueltas.

Uno de los apartamentos está en obras. El segundo C. Han quitado las ventanas. Parece que van a reformarlo por completo.

Han colocado un plástico para cubrir las rejas de la terraza y las del salón. Hay una luz encendida. Hay alguien dentro, limpiando. Una mujer.

Está oscureciendo. La sombra de la mujer se proyecta sobre el plástico. La imagen recuerda a un teatro de sombras. Me recuerda al teatro de sombras al que me llevó mi padre.

 

Yo acababa de cumplir cinco años. Mi padre ya no vivía con nosotros.

Recuerdo la sala pequeña, la oscuridad. Recuerdo la emoción. Cinco minutos de espera que se me hicieron eternos. Recuerdo la luz sobre la pared. Y la magia.

Un conejo, un ciervo, un camello, un caballo…Los animales fueron apareciendo uno tras otro. Magia.

—¿Qué es lo que más te ha gustado? —me dijo.

—¡El gato! —contesté —Me gustaría tener un gato.

—Hablaremos con tu madre —me dijo.

 

Pero no lo hizo. Creo que se sentía más cómodo entre las sombras que entre las manos que las producían. Quizás. No lo sé. Mi padre sigue siendo un misterio, un misterio que me mostraba la magia, pero que también me mostraba su secreto.

 

Estoy empujando el carrito de Jaime. Se ha dormido. La mujer sigue proyectando su sombra sobre el plástico. Y te hago una promesa: sólo te mostraré la magia.

 

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Amanece II

En la orilla

no quedan gaviotas.

No hay adolescentes

jugando sobre la arena.

Duermen.

Cada uno en su casa,

comparten el mismo sueño.

Amor.

La mujer

ya no lee

algo más arriba,

pero sigue recordando

mientras juega con sus nietos.

Amor eterno.

Amaneció.