Adán

Antonio me cayó bien desde el principio. Un tipo simpático, sin aristas, una de esas personas con las que resulta agradable estar y compartir unos tragos.

 

Bebía. Perdió el trabajo en el banco. Perdió a su mujer y a sus dos hijas.

Bebía. La gente del barrio habló. Dijeron que fue culpa de la suegra, una metomentodo. Que él nunca le gustó.

Bebía. Regresó a su pueblo, uno de la Sierra de Cádiz. Durante un tiempo malvivió en la casa de sus padres. Después la vendió por lo primero que le ofrecieron. No fue suficiente, nunca es suficiente.

Antonio murió hace unos años. Murió. Un vagabundo menos.

Dejó mujer y dos hijas. A veces se despertaba a media noche sin saber donde estaba. A veces las recordaba. Y brindaba por el recuerdo del paraíso perdido.

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La despedida

Mike Schwarz vive en la nada, trabajando desde el alba para arrancar frutos de una tierra yerma. Mike Schwarz bebe tras cada puesta del sol para poder dormir.

Mike Schwarz vive con Brenda Cool. Brenda tiene algo que lo tocó por dentro cuando la conoció siglos atrás.

Ahora Brenda Cool está recogiendo sus cosas. Esta vez es para siempre.

La muerte no había conseguido separarlos. La muerte no separa, de eso se encarga la vida.

Y no por eso le dolía menos.

Ópera

El cirujano Lee Johnson se ha quitado los guantes y se lava las manos de manera meticulosa. No deja de pensar en si podría haber hecho algo más. No, nadie podría haber hecho nada. En la sala de operaciones continúa sonando Madama Butterfly.

 

Puccini. Puccini conseguía relajarlo. Siempre lo había hecho, desde la primera vez. Con quince años su padre le obligó a acompañarle a la ópera. Él se opuso, la ópera era cosa de mujeres. Pero se levantó el telón y la música de Puccini llenó el teatro. Algo le tocó por dentro.

 

Después vinieron Verdi, Rossini, Bizet, Wagner… La ópera fue la banda sonora de su época de estudiante en la facultad de medicina. Le ayudaba a concentrarse.

 

El día que Mary le dijo que se iba, encendió un cigarro y escuchó El Trovador. Fue raro. No se dijeron nada más. Hacía años que no tenían nada que decirse.

 

Ahora tiene que hablar con los padres del pequeño Harper. No, nadie podría haber hecho nada más. No es ningún consuelo. Nunca lo habrá. Puccini.

 


Relato ganador de la Segunda Edición del Concurso de Microrrelatos de Parada de Sil.

 

Biografías VII

Había nacido para ser cura.

Le gustaba la estética

de los ritos,

ayudar a la gente,

y Dios,

sobre todo le gustaba Dios.

 

Había nacido para ser cura.

A los diecisiete años

se enamoró.

Dejó el seminario.

Aprendió a tocar la guitarra

para ganarse la vida.

Llegó a tocar con los buenos,

al menos con tres de ellos.

 

Había nacido para ser cura.

A los veintiún años,

dos semanas antes de su boda,

Dios se llevó a su novia.

 

Fue solo a la luna de miel

y lloró la vida

que no viviría.

Fue a México.

Juró no volver a tocar

la guitarra y

se reinventó de camarero.

Algo temporal,

se dijo.

 

Han pasado cincuenta años.

Sigue en México,

no ha vuelto a musicar,

sigue siendo camarero.