El río de la vida

Los dominios de la hermana María eran estrechos. Apenas un cubículo de cuatro metros cuadrados, apenas un mostrador y una silla. También había un interruptor con el que abría la puerta del colegio.

Cada mañana, de lunes a viernes, delante de su ventana pasaban cientos de niños. Ella les sonreía. Tenía una sonrisa especial para cada uno de ellos, una sonrisa que consolaba, una sonrisa de sor María.

El día que se marchó sólo dejó fotos, recuerdos de todos los cursos desde 1950, instantáneas del río de la vida.

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