Y cuando se despertó el dinosaurio seguía allí

Y cuando se despertó el dinosaurio seguía allí.

Augusto Monterroso

Esta mañana, a las 6 y media, Natalia se ha desvelado y me ha pedido que le cuente un cuento.

Le he dicho que no, que no se podía hacer ruido porque todavía era de noche y había que dormir.

Haciendo una demostración de sus innatas dotes de negociación me ha dicho:

—Papá, entonces que sea corto.

He accedido y, acordándome del cuento de Monterroso, le he contado lo que sigue:

“Érase una vez una niña que se durmió abrazada a su muñeca. Pasaron juntas toda la noche y soñaron con hadas, piratas, dragones y alguna que otra bruja. Cuando la niña se despertó, la muñeca seguía allí. Se sonrieron y pasaron el resto del día reviviendo los cuentos que habían compartido.”

Gracias, Augusto, ha funcionado.

 

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La Fábrica de la Luz

Rocío tiene muchos pájaros en la cabeza.

Los pájaros le hablan y le cuentan historias. Ella las escucha y después las escribe. También las pinta. Fabrica cuentos que envía muy muy lejos.

Las personas que reciben los cuentos de Rocío son muy afortunadas.

En realidad los cuentos no son para ellas, son un regalo para el niño que fueron cuando eran niños.

Ese niño se pone muy muy contento.

Es agradable que te recuerden de vez en cuando y más agradable si lo hacen con un cuento,
de Rocío,
desde la Fábrica de la Luz.

Aprender a volar

—Papá, ¿me enseñarás a volar cuando sea mayor?— pregunta Natalia en relación a un cuento que le estoy leyendo antes de dormir.

—Claro—le contesto, —cuando seas mayor nos montaremos en un avión y volaremos.

—Pero, papá…yo quiero volar como el hombre del cuento.

—Te lo prometo, te enseñaré a volar.

Y nos dormimos pensando en pájaros de colores —a mí me gustan todos, papá— y en hombres que aprenden a volar o que recuerdan cómo se hace.

Mi primera edición

Estoy trabajando en la autoedición de un cuento que escribí hace un año.

Lo escribí, le vi posibilidades y contraté a una ilustradora para que complementara el texto poniéndole color.  Se trata de un álbum ilustrado.

Me gustaría haber comenzado este texto escribiendo “Me van a editar un cuento”, pero no ha sucedido y no creo que suceda a corto plazo. (Están a punto  de cumplirse los dos meses desde que envié dos cuentos a ocho editoriales diferentes sin haber obtenido respuesta.)

¿Qué es lo que me gustaría? Me gustaría recopilar algunos de mis textos, estructurarlos en forma de libro y hacérselos llegar a un editor como el que trabajaba con Raymond Carver. Estoy seguro de que Gordon Lish sabría apreciar los textos, tal y como hacía con los de Carver y pulirlos hasta convertirlos en algo redondo.

¿Por qué la autoedición entonces? Quiero que el cuento, mi cuento, llegue a los lectores y quiero saber si les gusta.

Sin lectores no hay libros.

¿Y no es algo vergonzoso reducir a la autoedición? En parte puede serlo, pero después de descubrir que la autoedición ha sido una práctica habitual de escritores de todos los tiempos, lo es un poco menos. ¿Quién soy yo para avergonzarme si escritores de la talla de Edgar Allan Poe, Walt Whitman y Jorge Luis Borges autoeditaron algunas de sus obras?

Henry David Thoureau cuenta en su diario como tuvo que ir a la estación de correos a recoger 706 copias que le sobraron de una edición de 1.000 que había encargado cuatro años antes. De los doscientos noventa y cuatro ejemplares restantes, había regalado setenta y cinco y vendido los demás. Cuenta con sarcasmo que se había encontrado en su casa con una biblioteca de novecientos volúmenes, de los que más de setecientos, habían sido escritos por él.

¿Y si me pasa lo mismo que a Thoureau? ¿Y si llega el día en que tengo que meter en casa un número de libros similar? Si llega ese día, solo espero reaccionar como él lo hizo:

Sin embargo, a pesar de este resultado, sentado junto a la masa inerte de mis obras, tomo el lápiz esta noche y anoto el pensamiento o la experiencia que haya podido tener, con tanta satisfacción como siempre.

En el fondo, ¿no se trata de eso?

¿Qué pasó con el pez que caminaba por la orilla?

Caminando por la orilla el pájaro soñó que era un pez. Cuando llegó la ola, voló.

Escribí el micro cuento anterior hace un año tal y como conté en Historia. Durante un tiempo estuve bastante orgulloso de mi creación; un texto simple pero cargado de significado, muy visual. Solía referirme a él como la obra cumbre de la literatura infantil

Fue mi cuñada Mariluz quien me hizo cambiar de opinión:

–  No está mal. ¿Cómo continúa?

– ¿Cómo continúa? No continúa. Es así.

– Ah.

¿Cómo continuaba? Le estuve dando vueltas durante unos días y finalmente, un sábado por la mañana, conseguí escribir las diez frases que completaron la historia del pájaro que caminaba por la orilla y soñó que era un pez.

Pensé que con unas buenas ilustraciones podría quedar bastante bien y se lo comenté a Celia Ruiz. Celia no había hecho nada parecido, pero decidió intentarlo e hizo unos bocetos con los protagonistas de la historia.

Boceto cuento

Uno de los primeros bocetos de Celia

Celia terminó las ilustraciones y Vanessa, una amiga suya, las maquetó integrándolas con el texto. Hace una semana que encargamos la impresión de diez ejemplares para poder presentarlos en algunas editoriales especializadas.

Personalmente creo que ha quedado muy bien. ¿Qué os parece? (Disculpad la mala calidad de las fotografías. Podéis hacer clic sobre ellas para ampliarlas.)

Portada

Portada

Interior

Interior

Ps. Si alguna vez os encontráis con este libro en alguna librería, no dudéis en comprarlo. Os aseguro que no os defraudará.