La buena educación

—Es importante que los niños aprendan inglés —dijo la madre.

—Es fundamental que aprendan matemáticas —dijo la abuela.

—Sí, una buena base de ciencias —dijo el abuelo.

—Me gustaría que mis hijos aprendieran música, poesía y teatro. —dijo el hombre.

 

Y se rieron.

Y el hombre escribió esto en secreto.

Pensó que algún día, un ilustre matemático bilingüe en inglés, lo necesitaría.

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Aprender a volar

—Papá, ¿me enseñarás a volar cuando sea mayor?— pregunta Natalia en relación a un cuento que le estoy leyendo antes de dormir.

—Claro—le contesto, —cuando seas mayor nos montaremos en un avión y volaremos.

—Pero, papá…yo quiero volar como el hombre del cuento.

—Te lo prometo, te enseñaré a volar.

Y nos dormimos pensando en pájaros de colores —a mí me gustan todos, papá— y en hombres que aprenden a volar o que recuerdan cómo se hace.

Mi primera carta de rechazo

Ayer recibí mi primera carta de rechazo.

La semana pasada empecé a hacer circular algunos escritos con la intención de publicarlos. En concreto, envié dos cuentos – Caminando por la orilla el pájaro soñó que era un pez  y Un cuento estelar – a ocho editoriales que publican álbumes ilustrados.

Ayer recibí el primer correo electrónico de rechazo: “Le agradecemos su interés en editar con nosotros y lamentamos no poder hacerle una oferta de edición por los textos que nos ha hecho llegar. Cordialmente,…”

No es una larga carta, no me dará para emular a Bukowski en Secuelas de una larguísima nota de rechazo, pero es de agradecer que alguien – imagino que un editor muy ocupado – dedicara parte de su tiempo a leer mis cuentos y a enviar una respuesta, cuando lo habitual es que te indiquen que, si en el plazo de tres meses no te han contestado, se debe considerar desestimada la propuesta.

Bukowski llevaba dos años escribiendo cuando recibió su (larga) carta de rechazo, Hemingway tuvo que esperar diez años a ser publicado y la madre de John Keneddy Toole tardó  once años después del suicidio de su hijo en conseguir que se publicara la La conjura de los necios.

Poco a poco.

Taller de escritura

Si usted cree que es capaz de vivir sin escribir, no escriba.

Rilke

Hace unos quince años me apunté a un taller de escritura que impartía José Carlos Carmona en la Universidad.

Pensé que íbamos a ser cuatro gatos así que quedé muy sorprendido al entrar en el aula donde se impartía y ver allí a más de cincuenta personas de muy diferentes edades y condición.

Al principio José Carlos hizo una cosa cojonuda: nos dio esperanzas. Leyó un texto horroroso – un artículo periodístico – y nos pidió que adivináramos quién lo había escrito. Nadie acertó. Gabriel García Márquez, nos dijo. Lo hizo con veintitantos años, cuando empezó a trabajar en no se qué periódico…Si García Márquez había aprendido a escribir después de aquello ¿por qué no íbamos a hacerlo nosotros?

Recuerdo otra anécdota. Cerca de mí se sentaba una chica que vestía en plan “siniestro”. Todas las semanas teníamos que hacer “deberes” (escribir acerca de algún tema con un estilo concreto) y llevarlos al taller. Ella sólo los hizo la semana que nos tocó hacer un ejercicio de escritura automática. Me sorprendió que se ofreciera a leer su escrito en voz alta. Fue increíble. No recuerdo de qué iba el texto, sólo recuerdo que estaba tan bien  escrito que llegué a emocionarme.

Durante las semanas que duró el taller disfruté mucho. Me despertaba, y vivía, pensando como un escritor. Iba por la calle con la intención de captar algo, cualquier detalle, que pudiera convertirse en la historia que tenía que escribir. Hacía mis deberes con regularidad…todo iba bien. Hasta que me tocó leer.

Mi texto era un homenaje a un amigo que había muerto de leucemia cuando estábamos en el instituto. José Carlos lo machacó. Me dijo que había contado la historia de una manera demasiado íntima. No llegué a entenderlo hasta mucho después. El escritor debe alejarse de la historia, debe convertirse en una especie de narrador “objetivo”, puede basarse en la realidad, pero debe evitar que los lectores descubran a la persona que está detrás de quien escribe…o algo parecido.

Este primer fracaso me dolió mucho. Dejé de escribir. Pensé que no lo necesitaba. Hoy sé que estaba equivocado.