Y cuando se despertó el dinosaurio seguía allí

Y cuando se despertó el dinosaurio seguía allí.

Augusto Monterroso

Esta mañana, a las 6 y media, Natalia se ha desvelado y me ha pedido que le cuente un cuento.

Le he dicho que no, que no se podía hacer ruido porque todavía era de noche y había que dormir.

Haciendo una demostración de sus innatas dotes de negociación me ha dicho:

—Papá, entonces que sea corto.

He accedido y, acordándome del cuento de Monterroso, le he contado lo que sigue:

“Érase una vez una niña que se durmió abrazada a su muñeca. Pasaron juntas toda la noche y soñaron con hadas, piratas, dragones y alguna que otra bruja. Cuando la niña se despertó, la muñeca seguía allí. Se sonrieron y pasaron el resto del día reviviendo los cuentos que habían compartido.”

Gracias, Augusto, ha funcionado.

 

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Amanece IV

Amanece.

Dos pescadores pescan,

dos jóvenes duermen,

un caminante camina,

un corredor entrena,

un buscador de metales

sueña con un tesoro,

el escritor observa,

también sueña.

 

Amanece.

El mar

acaricia la arena,

rítmicamente

pinta la orilla

con restos de espuma y conchas,

tesoros marinos

para los niños,

para mi hija.

 

Más tarde,

eso será más tarde.

Ahora

amanece.

Amanece III

Amanece.

Todavía no ha salido Lorenzo,

se resiste al sueño Catalina.

 

Se despereza el charrán,

el fumarel,

la pagaza

y el resto de golondrinas marinas.

Marinean los pescadores

y acaricia el mar la orilla,

no quiere despertarla,

no quiere romper la noche

todavía.

 

Buenos días, Lorenzo.

Hasta mañana, Catalina.

Rompe el mar la noche.

Amaneció.