El teatro de las sombras

Estoy en el patio. Empujo el carrito de Jaime intentando que se duerma. Damos vueltas y más vueltas.

Uno de los apartamentos está en obras. El segundo C. Han quitado las ventanas. Parece que van a reformarlo por completo.

Han colocado un plástico para cubrir las rejas de la terraza y las del salón. Hay una luz encendida. Hay alguien dentro, limpiando. Una mujer.

Está oscureciendo. La sombra de la mujer se proyecta sobre el plástico. La imagen recuerda a un teatro de sombras. Me recuerda al teatro de sombras al que me llevó mi padre.

 

Yo acababa de cumplir cinco años. Mi padre ya no vivía con nosotros.

Recuerdo la sala pequeña, la oscuridad. Recuerdo la emoción. Cinco minutos de espera que se me hicieron eternos. Recuerdo la luz sobre la pared. Y la magia.

Un conejo, un ciervo, un camello, un caballo…Los animales fueron apareciendo uno tras otro. Magia.

—¿Qué es lo que más te ha gustado? —me dijo.

—¡El gato! —contesté —Me gustaría tener un gato.

—Hablaremos con tu madre —me dijo.

 

Pero no lo hizo. Creo que se sentía más cómodo entre las sombras que entre las manos que las producían. Quizás. No lo sé. Mi padre sigue siendo un misterio, un misterio que me mostraba la magia, pero que también me mostraba su secreto.

 

Estoy empujando el carrito de Jaime. Se ha dormido. La mujer sigue proyectando su sombra sobre el plástico. Y te hago una promesa: sólo te mostraré la magia.

 

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Ópera

El cirujano Lee Johnson se ha quitado los guantes y se lava las manos de manera meticulosa. No deja de pensar en si podría haber hecho algo más. No, nadie podría haber hecho nada. En la sala de operaciones continúa sonando Madama Butterfly.

 

Puccini. Puccini conseguía relajarlo. Siempre lo había hecho, desde la primera vez. Con quince años su padre le obligó a acompañarle a la ópera. Él se opuso, la ópera era cosa de mujeres. Pero se levantó el telón y la música de Puccini llenó el teatro. Algo le tocó por dentro.

 

Después vinieron Verdi, Rossini, Bizet, Wagner… La ópera fue la banda sonora de su época de estudiante en la facultad de medicina. Le ayudaba a concentrarse.

 

El día que Mary le dijo que se iba, encendió un cigarro y escuchó El Trovador. Fue raro. No se dijeron nada más. Hacía años que no tenían nada que decirse.

 

Ahora tiene que hablar con los padres del pequeño Harper. No, nadie podría haber hecho nada más. No es ningún consuelo. Nunca lo habrá. Puccini.

 


Relato ganador de la Segunda Edición del Concurso de Microrrelatos de Parada de Sil.

 

El ángel

—    Mamá, ¿por qué no está María en casa?

—    Tu hermana era un ángel, un ángel del Cielo que quiso saber qué hacían los niños en la Tierra, un ángel que quiso jugar contigo.

—    ¿Y ahora se ha transformado en una estrella?

—    Sí, en una estrella.

—    En el cielo hay muchas. ¿Cómo podré distinguirla?

—    Fíjate bien hasta encontrar una grande que parpadee. Esa es su manera de decirte hola, de decirte que te quiere.

—    ¿Me querrá siempre?

—    Siempre.

—    ¿Por qué lloras, mamá?

—    De alegría… No todo el mundo tiene la suerte de conocer a un ángel.