Adiós maestro

El lunes pasado, a la edad de 74 años, falleció el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano.

Me gustaba su prosa sencilla y a la vez cargada de significado. A lo largo de los últimos años, en alguna ocasión en la que me he sentido bloqueado, incapaz de escribir nada, he recurrido a él. El libro de los abrazos, Patas arriba: la escuela del mundo al revés o Bocas del tiempo, han sido y serán para mí importantes fuentes de inspiración y un gran remedio contra la página en blanco.

Eduardo Galeano era además uno de los pocos escritores que he conocido que sabía escribir buenas historias sobre fútbol, tal y como demostró en Fútbol a sol y sombra.

Quiero rendirle mi particular homenaje publicando a continuación algunas de las frases suyas que transcribí en mi “libro de miscelánea”.

Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias.

Camina Quito de punta a punta, al derecho y al revés, recorriendo amigos y enemigos.

En Montevideo, hay un niño que explica: Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre.

Esa tarde nos dejamos caminar, sin rumbo, entre la mar y las vías del tren..íbamos lentos, callando juntos.

Descanse en paz, maestro.

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Y escribes

Escribes.

Algo vive dentro de ti.

Una historia.

Necesita salir,

necesita que tú la cuentes.

Te persigue,

te quema en el estómago,

te obsesiona,

te quita el sueño.

Intentas pensar en otra cosa.

Es inútil.

Y llega el día.

Y sale de ti,

a través de ti,

te absorbe.

Y sientes toda esa energía.

Y escribes.

Y te reconcilias contigo mismo.

Y te sientes vivo.

Y vives.

Miedo

El escritor,

sentado a la mesa

con el cuaderno abierto

soñaba que no era un fraude,

que llevaba algo dentro,

que algún día sería capaz

de encontrar las palabras adecuadas

y enlazarlas en el orden correcto.

Pero tenía miedo,

miedo de haberse creído su propio engaño,

de no llevar nada dentro,

de estar viviendo una huida hacia delante.

Se estremeció,

el hombre.

Libertad condicional

Los viernes por la tarde empezaba a disfrutar de la libertad condicional. Eran casi tres días de lecturas de otros, técnicas de escritura y de apuntes en un cuaderno de sueños.

El domingo por la tarde se acababa el baile y los lunes se reincorporaba a su puesto de trabajo.

Cada vez le resultaba más difícil compaginar dos mundos tan opuestos.

—Algún día reuniré el valor suficiente— se decía.

Pero llevaba quince años así.

Quizás mañana.

Quizás no.