Adiós maestro

El lunes pasado, a la edad de 74 años, falleció el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano.

Me gustaba su prosa sencilla y a la vez cargada de significado. A lo largo de los últimos años, en alguna ocasión en la que me he sentido bloqueado, incapaz de escribir nada, he recurrido a él. El libro de los abrazos, Patas arriba: la escuela del mundo al revés o Bocas del tiempo, han sido y serán para mí importantes fuentes de inspiración y un gran remedio contra la página en blanco.

Eduardo Galeano era además uno de los pocos escritores que he conocido que sabía escribir buenas historias sobre fútbol, tal y como demostró en Fútbol a sol y sombra.

Quiero rendirle mi particular homenaje publicando a continuación algunas de las frases suyas que transcribí en mi “libro de miscelánea”.

Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias.

Camina Quito de punta a punta, al derecho y al revés, recorriendo amigos y enemigos.

En Montevideo, hay un niño que explica: Yo no quiero morirme nunca, porque quiero jugar siempre.

Esa tarde nos dejamos caminar, sin rumbo, entre la mar y las vías del tren..íbamos lentos, callando juntos.

Descanse en paz, maestro.

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Por fin

Esta mañana he comenzado a escribir la novela. Sólo han sido dos páginas, pero si mantengo este ritmo calculo que la podré terminar para finales de agosto.

No es un proyecto fácil y probablemente por eso llevo un par de semanas demorándolo, pero esta mañana, por fin, a eso de las 5:30 he comenzado siguiendo la máxima atribuida a Lao-Tse:

El viaje más largo comienza por un paso.

He dado el primer paso. Ya veremos si consigo llegar a puerto.

A los lectores de Fabulistero

Apreciados lectores:

El 2 de septiembre de 2012, en plena crisis existencial y profesional, decidí dedicarme “en serio” a escribir. Algunos meses después, en mayo de 2013, abrí este blog y en él he publicado más de cien entradas con algunos textos y también con los pasos que he ido dando en el mundo literario.

Fabulistero me ha ayudado mucho a la hora de perder el miedo y la vergüenza a hacer públicos mis escritos y, sobre todo y ante todo, me ha ayudado a conectar con lectores y escritores. Ha sido de gran ayuda recibir vuestros “me gusta” y comentarios positivos especialmente en los momentos de baja estima literaria, en aquellos momentos en los que me he cuestionado si merecía la pena madrugar y robar horas al sueño para seguir soñando despierto.

Ahora sé que merece la pena. Escribir aquí me ha ayudado a descubrir que soy escritor, que lo he sido desde siempre y que ya no podré dejar de serlo. Y no lo digo porque algún día llegue a publicar un libro que se convierta en un éxito de ventas y me permita dedicarme exclusivamente a escribir (ojalá), sino porque -como afirmó Ramón Luque en cierta ocasión- tengo “mirada” de escritor y quien tiene esa mirada, será escritor aunque no llegue nunca a escribir una línea.

¿Y por qué os cuento todo esto?

Quiero centrarme en escribir y publicar una novela (larga) y por eso voy a dejar de publicar de forma regular en Fabulistero. Disponiendo de dos sólo dos horas diarias entre las cinco y las siete de la mañana, voy a necesitar de toda mi energía literaria para afrontar este nuevo proyecto y en estos momentos es lo que quiero hacer. No voy a cerrar el blog y si me siguen ocurriendo cosas literarias, las seguiré compartiendo con vosotros, pero durante una temporada no publicaré más biografías, ni microrrelatos, ni poesías. Sólo quería que, como compañeros de viaje, lo supierais.

Aprovecho también para deciros que he abierto una web “oficial” de autor en la dirección jpandersen.es. Os animo a visitarla.

Gracias una vez más por estar ahí.

Hasta pronto

J. P. Andersen
jpandersen.es

El teatro de las sombras

Estoy en el patio. Empujo el carrito de Jaime intentando que se duerma. Damos vueltas y más vueltas.

Uno de los apartamentos está en obras. El segundo C. Han quitado las ventanas. Parece que van a reformarlo por completo.

Han colocado un plástico para cubrir las rejas de la terraza y las del salón. Hay una luz encendida. Hay alguien dentro, limpiando. Una mujer.

Está oscureciendo. La sombra de la mujer se proyecta sobre el plástico. La imagen recuerda a un teatro de sombras. Me recuerda al teatro de sombras al que me llevó mi padre.

 

Yo acababa de cumplir cinco años. Mi padre ya no vivía con nosotros.

Recuerdo la sala pequeña, la oscuridad. Recuerdo la emoción. Cinco minutos de espera que se me hicieron eternos. Recuerdo la luz sobre la pared. Y la magia.

Un conejo, un ciervo, un camello, un caballo…Los animales fueron apareciendo uno tras otro. Magia.

—¿Qué es lo que más te ha gustado? —me dijo.

—¡El gato! —contesté —Me gustaría tener un gato.

—Hablaremos con tu madre —me dijo.

 

Pero no lo hizo. Creo que se sentía más cómodo entre las sombras que entre las manos que las producían. Quizás. No lo sé. Mi padre sigue siendo un misterio, un misterio que me mostraba la magia, pero que también me mostraba su secreto.

 

Estoy empujando el carrito de Jaime. Se ha dormido. La mujer sigue proyectando su sombra sobre el plástico. Y te hago una promesa: sólo te mostraré la magia.