Adolescentes

La mujer miró a sus hijos.

Adolescentes. El menor jugaba con el móvil. El mayor tenía la mirada perdida.

¿Adónde se habían ido sus niños? Le entraron ganas de abrazarlos. No la dejarían.

¿Qué sentido tenía todo? Los odió.

Nunca pensó que podría querer a nadie de esa forma.

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Una novela contra la procrastinación

Antes de que te pongas a trabajar, eres Proust y Oscar Wilde y George Orwell envueltos en un delicioso paquete.

Megan Mcardle

Hasta que me puse a escribir con cierta regularidad, no había oído hablar de la palabra procrastinar, que significa diferir, aplazar y que, por lo que he leído, es un mal bastante extendido entre los escritores. (Por lo visto, hay muchos escritores que, por miedo a entregar algo horrible, van aplazando la fecha de entrega de forma indefinida.)

Escribir una novela me parece tan complicado que no entraba en mis planes a corto plazo, pero el sábado pasado se me ocurrió una idea y me he propuesto llevarla a cabo.

Tengo la intención de escribir una novela corta -corta y triste pensaréis algunos- tipo Seda, Nieve o Sabor a chocolate y me comprometo a terminarla antes del 31 de agosto de este año.

¿Por qué este compromiso? Escribir una novela exige un esfuerzo tan importante que tendré múltiples excusas para diferir, retrasar o cancelar el proyecto, especialmente si no existe una fecha límite de entrega.

Pero ya no; tengo una idea, un argumento, unos personajes y ahora también tengo un plazo de entrega. Me he quedado sin excusas para procrastinar una Ópera prima que mientras la esté escribiendo no tendrá nada que envidiar a las de Proust, Orwell o Wilde.

 

 

 

Poesía

En la orilla del mar el hombre se acercó al niño.

—¿Qué haces?

—Poesía.

—¿Qué es? ¿Para qué sirve?

—Es hermosa. Puede cambiar el mundo.

—Imposible. Ni siquiera yo puedo hacerlo.

—Lea.

 

Y el hombre empezó a leer. No pudo parar hasta que terminó. Y después empezó de nuevo. Y se fue de allí. Pero ya no era el mismo.

Elogio de la simplicidad

Mi meta es poner en papel lo que veo y lo que siento de la forma más simple.

Ernest Hemingway

Seda de Alessandro Baricco, El apicultor Nieve de Maxence Fermine. Me gustan los libros escritos de forma aparentemente simple, sin adornos o sin adornarse.

Me llama mucho la atención la capacidad de algunos escritores para hacernos sentir mucho con muy pocas palabras. Me gusta esa forma de escribir porque me hace tener pensamientos del tipo “yo podría escribir así”, “esa historia podría haberla contado yo”…

Y un día lo intento: cojo uno de mis múltiples cuadernos (por cuadernos no va a quedar), un buen lápiz o bolígrafo, una historia que tengo en mente y empiezo a escribir.

Y escribo algo, pero cuando lo leo no suena igual. ¡Sobran tantas palabras! Entonces pienso que quizás escribir consista precisamente en eso, en descubrir la historia escondida entre un montón de palabras prescindibles.