Admiro a Bukowski

Me precipité hacia mi Dios personal: la sencillez. Cuanto más ajustado y pequeño lo hacías, menos cabida tenían el amor y la mentira. El genio podría ser la capacidad de decir algo profundo de manera sencilla.

Charles Bukowski

Admiro a Bukowski. Me encanta esa forma suya de escribir sin ningún tipo de prejuicio acerca de cualquier cosa. Me parece simplemente genial. En sus textos hay sexo y alcohol, mucho alcohol, pero si miras más allá, oculto detrás de las apariencias, te encuentras con un tipo auténtico y bastante profundo.

A Bukowski le gustaba escribir, no imaginaba la vida de otra forma, y le gustaba hacerlo de una manera sencilla, sin adornos, sin rodeos.

Escribir, al cabo, llega a convertirse en un trabajo sobre todo si intentas pagar el alquiler y mantener a tu hija con eso. Pero es el mejor trabajo y el único trabajo, y es un trabajo que estimula tu capacidad para vivir y tu capacidad para vivir se corresponde con tu capacidad para crear.

Charles Bukowski, Fragmentos de un cuaderno manchado de vino

Admiro a Bukowski, pero no me sale escribir como lo hace él. Lo he intentado en alguna ocasión, pero mis textos suenan falsos. Seguiré buscando mi propia voz. Y es una pena, porque la de Bukowski me parece cojonuda.

Anuncios

La comunidad

Había escrito en más de la mitad del cuaderno, cincuenta hojas de historias que irían a la basura cuando las releyera. Se preguntó cuántas personas estarían haciendo lo mismo en ese preciso instante. Se sintió parte de una comunidad secreta.

Una hoja más.

Por ellos.

Por mí.

Adelaida

Adelaida no había nacido en la familia, pero llevaba tantos años viviendo con nosotros que se había convertido en una tía más.

Yo tuve la suerte de ser su “rey”, la persona a quien ella más quiso en el mundo, por delante incluso de su hermano, su único familiar vivo.

Adelaida murió hace unos años.

Hace unos días estuve enseñándole a Natalia fotos de mi infancia. Gracias a mi madre las tengo desde que cumplí cinco días. (¡Gracias, mamá!) En una de esas fotos aparecemos mi madre, Adelaida y yo. Estamos en el Parque de Maria Luisa, en la plaza de las palomas. Adelaida tiene como media docena de palomas comiendo de sus manos y yo estoy completamente asustado. Adelaida está radiante.

En el Parque de Maria Luisa

Con Adelaida y mi madre en el Parque de Maria Luisa

—    ¿Cómo se llama? — preguntó Natalia.

—    Adelaida, la tía Adelaida — contesté.

—    ¡Adelaida! — exclamó.

Y sentí que ella nos había oído, allí donde quiera que esté, y que se había reído a carcajadas sin ningún tipo de pudor, como solo ella sabía hacer.

Mi tía Adelaida.

Libertad condicional

Los viernes por la tarde empezaba a disfrutar de la libertad condicional. Eran casi tres días de lecturas de otros, técnicas de escritura y de apuntes en un cuaderno de sueños.

El domingo por la tarde se acababa el baile y los lunes se reincorporaba a su puesto de trabajo.

Cada vez le resultaba más difícil compaginar dos mundos tan opuestos.

—Algún día reuniré el valor suficiente— se decía.

Pero llevaba quince años así.

Quizás mañana.

Quizás no.

Biografías II

Pedro Durán se supo payaso cuando hizo reír a sus sobrinos pequeños con apenas doce años. Con nariz roja, maquillaje blanco y zapatos grandes, llegó a ser la estrella en una compañía de circo nacional. Tuvo mala suerte. En realidad, tuvo mala suerte el país donde vivía.

Ahora se alquila por horas en la puerta de algunas tiendas. Reparte globos a los más pequeños y publicidad a sus padres. Podría trabajar de camarero en el bar de un primo, pero no soporta vestir de uniforme.