El primer lector

El lector puede ser considerado el personaje principal de la novela, en igualdad con el autor; sin él, no se hace nada.

Elsa Triolet

Estoy muy contento. Ayer recibí el primer “me gusta” de un desconocido.

Desde la creación del blog había recibido algunos comentarios, pero todos de amigos y familiares. Esos comentarios también cuentan, pero no es lo mismo.

Yo escribo porque pienso que tengo cosas que contar y porque disfruto mucho haciéndolo, pero reconozco que también lo hago con la ilusión de que alguien lea mis escritos y, de alguna manera o de otra, le lleguen.

Ayer sucedió. Ayer alguien llegó hasta el blog, dedicó parte de su tiempo a leer Ambición y se tomó la molestia para hacer clic en “me gusta”.

Gracias, Rosa, quien quiera que seas.

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Ambición

Me han ofrecido un ascenso.

En Australia.

Sueldo impresionante.

Casa, la más grande.

Colegio, el más privado.

He dicho que no.

Mi vida no está en venta.

Por ahora.

¡Qué poca ambición!

¡Qué miras más cortas!

¿Seguro?

Soy ambicioso,

de miras amplias.

Es sólo que miro en otra dirección.

Mi vida no está en venta.

Por ahora.

Taller de escritura

Si usted cree que es capaz de vivir sin escribir, no escriba.

Rilke

Hace unos quince años me apunté a un taller de escritura que impartía José Carlos Carmona en la Universidad.

Pensé que íbamos a ser cuatro gatos así que quedé muy sorprendido al entrar en el aula donde se impartía y ver allí a más de cincuenta personas de muy diferentes edades y condición.

Al principio José Carlos hizo una cosa cojonuda: nos dio esperanzas. Leyó un texto horroroso – un artículo periodístico – y nos pidió que adivináramos quién lo había escrito. Nadie acertó. Gabriel García Márquez, nos dijo. Lo hizo con veintitantos años, cuando empezó a trabajar en no se qué periódico…Si García Márquez había aprendido a escribir después de aquello ¿por qué no íbamos a hacerlo nosotros?

Recuerdo otra anécdota. Cerca de mí se sentaba una chica que vestía en plan “siniestro”. Todas las semanas teníamos que hacer “deberes” (escribir acerca de algún tema con un estilo concreto) y llevarlos al taller. Ella sólo los hizo la semana que nos tocó hacer un ejercicio de escritura automática. Me sorprendió que se ofreciera a leer su escrito en voz alta. Fue increíble. No recuerdo de qué iba el texto, sólo recuerdo que estaba tan bien  escrito que llegué a emocionarme.

Durante las semanas que duró el taller disfruté mucho. Me despertaba, y vivía, pensando como un escritor. Iba por la calle con la intención de captar algo, cualquier detalle, que pudiera convertirse en la historia que tenía que escribir. Hacía mis deberes con regularidad…todo iba bien. Hasta que me tocó leer.

Mi texto era un homenaje a un amigo que había muerto de leucemia cuando estábamos en el instituto. José Carlos lo machacó. Me dijo que había contado la historia de una manera demasiado íntima. No llegué a entenderlo hasta mucho después. El escritor debe alejarse de la historia, debe convertirse en una especie de narrador “objetivo”, puede basarse en la realidad, pero debe evitar que los lectores descubran a la persona que está detrás de quien escribe…o algo parecido.

Este primer fracaso me dolió mucho. Dejé de escribir. Pensé que no lo necesitaba. Hoy sé que estaba equivocado.

El final de la infancia

Mi padre nos pidió que nos quedáramos en el coche y se puso el último en una fila de gente que no era como nosotros. La chaqueta empezaba a quedarle grande. Después de un tiempo que se me hizo eterno, regresó con una bolsa de comida.

– ¡Vamos a comer al parque, princesa! , me dijo.

Sus ojos habían dejado de brillar. Ese fue el día en que acabó mi infancia.